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lunes, 10 de septiembre de 2007

Introduccion al Neoplatonismo renacentista

Neoplatonismo italiano, la magia egipcia en la Europa cristiana:
"El mundo, pues, es todo sentido, vida, alma, cuerpo, estatua del Altísimo, hecha para su gloria con potestad, discreción y amor. De nada se lamenta. Se producen en él muchas muertes y vidas, que sirven para su gran vida. Muere en nosotros el pan, y se hace quilo, luego muere éste, y se convierte en sangre, luego muere la sangre y se hace carne, nervios, huesos, espíritu, semen, y padece varias muertes y vidas, dolores y voluptuosidades; pero sirven para nuestra vida, y nosotros no nos dolemos, sino que gozamos. Así para todo el mundo todas las cosas son gozo y sirven, y cada cosa está hecha para el todo, y el todo para Dios a su gloria."

"Están como lombrices dentro del animal todos los animales dentro del mundo, y no piensan que él sienta, como las lombrices de nuestro vientre no piensan que nosotros sentimos y tenemos un alma mayor que la suya, y no están animados por la común alma feliz del mundo, sino cada uno por la propia, como las lombrices en nosotros, que no poseen nuestra mente por alma, sino su propio espíritu."

"El hombre es epílogo de todo el mundo y admirador de éste, si es que quiere conocer a Dios, pero es algo creado. El mundo es estatua, imagen, templo vivo de Dios, donde ha pintado sus gestos y escrito sus conceptos, lo adornó con estatuas vivas, simples en el cielo y mixtas y débiles en la tierra; pero desde todas hacia Él se camina."

"Bienaventurado aquel que lee en este libro y aprende de él lo que las cosas son, y no de su propio capricho, y aprende el arte y el gobierno divino, y por consiguiente se hace a Dios semejante y unánime, y ve con Él que cada cosa es buena y que el mal es relativo, y máscara de las partes que representan gozosa comedia al Creador, y consigo goza, admira, lee y canta al infinito, inmortal Dios, Primera Potencia, Primera Sapiencia y Primer Amor, de donde todo poder, saber y amor deriva y es y se conserva y muda, según los fines que se propone el alma común, que del Creador aprende, y siente el arte del Creador presente en las cosas, y mediante aquél cada cosa hacia el gran fin guía y mueve, hasta que cada cosa se haga cada cosa y muestre a toda otra cosa las bellezas de la idea eterna." “T. Campanella, Del sentido de las cosas y de la magia.”

Se suele considerar al Renacimiento italiano como una época histórica excepcional para la humanidad ya que este período es el inventor del mundo moderno, es decir del progreso, y ha dado lugar a la ciencia, la técnica y todo aquello de lo que goza el hombre contemporáneo al haberse impuesto sobre la oscuridad e ignorancia de la Edad Media. Esta visión generalizada tiene como contrapartida otra igualmente ilusoria; se trata de la de aquellos que ven en este período histórico el fin de toda tradición al perderse la hegemonía religiosa y dogmática. En definitiva, es el mismo planteo, pero de signo inverso, a saber: se juzga la cuestión por determinadas características que se le atribuyen, a las que se supone malas o buenas, según la perspectiva que le asigna el espectador de acuerdo a una postura –generalmente un cliché– tomada de antemano. La Edad Media no era un grosero infierno de ignorancia poblado de leyendas negras, confirmación de ello en una serie de esplendores manifestados en su arte (románico y gótico), la brillantez de sus cortes (como la de Alfonso X el Sabio entre otras), la variedad de sus ciencias (astronomía, alquimia y matemáticas) y sus técnicas (las innumerables artesanías que van desde los tapices y tejidos a la joyería y todo tipo de artefactos de uso cotidiano), muchos de ellos innovadores con respecto al legado clásico; algunos por mediación del Islam y otros por su propio acervo en correlación con la geografía de Occidente; todo ello sin olvidar su aporte intelectual en el que sólo nos bastaría nombrar a Dionisio Areopagita, Scoto Erígena, Robert Grossetteste, Bernardo de Tours, Teodorico y la filosofía escolástica –la aceptemos o no– producida por iniciativa de Alberto Magno y signada por Tomás de Aquino y sobre todo por el aporte posterior de esta escuela de sacerdotes dominicos, formada por el maestro Eckhart, Enrico Suso y Juan Tauler, a los que habría que agregar el genio florentino de Dante y la inmensa construcción de su Divina Comedia.

Por otra parte la visión esquemática de un Renacimiento liberador del hombre en cuanto lo independiza de oscuros saberes y le otorga una novedad absoluta con la que se rompen las cadenas que lo aprisionaban, es aceptada hoy únicamente por aquellos que siguen a éste o al otro rebaño igualmente simplificador que "opina" lo contrario: o sea que la tradición se acabó definitivamente en el Medioevo. En realidad no es ni lo uno ni lo otro, es decir, como queda ya constatado, ni la Edad Media era el infierno de la ignorancia, ni el renacimiento italiano era la libertad de tal infierno, antes bien el Renacimiento italiano es el nacimiento de posibilidades dormidas de la antigua ciencia sapiencial que corre desde los egipcios, griegos y romanos –con el aporte de numerosos pueblos que la han engrosado–, y que desemboca afortunadamente, valiéndose de una serie de hechos claves, en la Italia de los Medicis, hogar de los judíos y musulmanes expulsados de España y centro cultural de la época, albergando diversos elementos es capaz de generar una corriente, que ni rechace tajantemente el fervor religioso medieval, pero que tampoco permita que éste opaque la visión filosófica y antropológica del neoplatonismo y el hermetismo.

Este impulso no podía durar para siempre, y finalmente será disuelto en las guerras religiosas de la Reforma y la contrarreforma, de la Inquisición a la quema de Servet a manos de Calvino, de Isabel y la matanza de católicos a España y la matanza de protestantes, este neoplatonismo renacentista, que no es el neoplatonismo clásico, pues involucra la magia hermética y la cábala judía, pero que tampoco es el hermetismo claro del gnosticismo ni el misticismo judío original, sino un equilibrio entre ambos, se transformará en el iluminismo Rosacruz y la Ilustración.

René Guénon decía que: “La Historia universal que, cuando hablando del renacimiento, no menciona al hermetismo y la magia greco-egipcia, es tan inútil como la Historia Universal que no posea las palabras “masonería” y “Rosacruz””. Es indispensable, para comprender la antropología filosófica del renacimiento, comprender la antropología filosófica del hermetismo, cuyos primeros expositores son Marcillo Ficino y Pico Della Mirandola.

Ficino traduce, bajo encargo de Cosme de Médici los diálogos de Platón y el Corpus Hermeticum, junto con las obras de pensadores como Plotino, Porfirio, etc., y es Pico de la Mirandolla quien toma de estas fuentes, más la cábala judía y la teología clásica en un esfuerzo por congeniar las tres religiones reveladas, en el marco de un congreso romano que más tarde fue cancelado bajo sospecha de herejía, Pico fue encarcelado por hereje cuando escapaba a Francia, pero Lorenzo el Magnífico influyó en el Papa Alejandro VI para que le perdonaran.

La visión antropológica de estos dos sabios es inseparable de su visión religiosa, según ellos, en especial Ficino, existe una corriente filosófica que va desde el Egipto Antiguo hasta Orfeo, Pitágoras y finalmente Platón, y que más tarde se convierte en el cristianismo, de modo que no hay oposición entre el platonismo y el cristianismo, entre magia y religión. El núcleo común se encuentra en el Hombre, que como dice Ficino “Homo copula Mundi”, el Hombre es centro del Universo, es el centro entre el animal y el ángel, y en su absoluta libertad puede perfeccionarse o deteriorase. En esta concepción el alma humana es un espejo de la divinidad, refleja al alma del Universo, que en este sentido quiere decir solo “principio de movimiento”, y la razón de Dios, que como afirma el Corpus Hermeticum, Dios es mente, es razón perfecta.

Pero el Hombre no es solamente centro del cosmos, y su alma, lo definitorio del Hombre, bajo la luz platónica, no es solamente espejo de la divinidad, sino que es “camaleón”, en su “discurso sobre la dignidad del Hombre”, cuando trata de conciliar todas las religiones reveladas partiendo de la cabala como teología cristiana y la magia contenida en el Corpus Hermeticum (astrología y alquimia principalmente, que se convierten en la mente renacentista en lo que denominaríamos hoy día como psicología), como explicación y comunión de todas las liturgias, el Hombre no posee una virtud específica, ni se inclina al bien, ni al mal, sino que posee todas las virtudes posibles en potencia, es decir, puede ser lo que desee ser, que bajo otras corrientes filosóficas se llegará al extremo de admitir que el Hombre puede convertirse incluso en Dios.

Nicolas de Cusa y los antecedentes del renacimiento

Nicolás de Cusa y los antecedentes al renacimiento italiano

El adjetivo “Renacimiento” es una categoría difusa, algunos sitúan al renacimiento desde la expulsión de los judíos y musulmanes de España y el descubrimiento de América, todo ello en 1492, sin embargo si comprendemos este lapso histórico como un redescubrimiento de pensamientos y moldes griegos clásicos, un movimiento paralelo en ocasiones y en otros antagónico a la enseñanza escolástica aristotélica, y a la vez un movimiento político y social donde poco a poco se retan y erosionan los conceptos medievales del poder religioso y político, entonces el renacimiento nace más propiamente en Nicolás de Cusa (1401-1464).

Nicolás Chrypffs, quien fuera, según Hoffmann, el "auténtico fundador de la filosofía alemana", nació en la ciudad de Kues (razón por la que se lo llama "El Cusano"), en el año 1401. Estudió en Heidelberg (Alemania), Padua (Italia) y Colonia (Alemania). En esta última ciudad fue ordenado sacerdote en 1430. Colaboró en la preparación de Concilio de Basilea, donde se le encargó representar a la Iglesia latina en una misión diplomática en Grecia, con el ambicioso programa de reunificar a la Iglesia ortodoxa. Es en este concilio donde tiene ocasión uno de los enriquecimientos culturas más importantes de Europa y antecedente directo del renacimiento, los textos clásicos de la antigüedad que el filósofo llevó a Italia, junto con un nutrido grupo de sabios que enseñaron a los doctos italianos la lengua griega (olvidada por siglos), representaron una etapa fundamental en el desarrollo del humanismo.

Es en este episodio, gracias al concilio de Basilea, donde Nicolás de Cusa se convierte en uno de los principales representantes de la filosofía de la transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Es un antiaristotélico que continúa la tradición medieval de origen neoplatónico, transitando la senda de Duns Escoto y el Maestro Eckart. Dice Hirschberger que “cristianismo, platonismo y Ciencia de la Naturaleza son los tres grandes componentes de su pensamiento”.

Entre sus obras más importantes se destacan “La docta ignorancia”, “El Dios escondido”, “Apología de la docta ignorancia” y “La caza de la sabiduría”, de ellas la más importante es “la docta ignorancia”, dividido en tres partes, Dios, donde afirma que solo la teología negativa puede adecuarse a Dios, rengando de cualquier clase de imagen o silogismo que se pueda tener de Él, siendo el ser máximo considerado absolutamente, la segunda parte trata del Universo, el ser máximo contraído en la pluralidad de las cosas, es decir, imagen de Dios, o más exactamente “explicación de Dios”, y la tercera parte sobre Jesucristo, el ser máximo como contraído y absoluto a la vez, es decir, implícito como Dios pero explícito como el Universo, y esta noción de implícito y explícito será muy recurrente entre los neoplatónicos italianos, y el discurso, también presente en Cusa de la dualidad entre micro y macrocosmos.

El humanismo de Cusa retoma a Sócrates y es un gran crítico de la escolástica, argumentando que los estudiosos no pueden detenerse en un cúmulo de afirmaciones de escuela y que deben seguir profundizando y esforzándose en su búsqueda de la verdad, aquel “seguir profundizando” incluye la vía científica, el estudio de la Naturaleza como estudio indirecto de Dios.

Distingue Cusa el entendimiento de la razón, inaugurando una tradición que continuarán autores de la talla de Kant y Hegel. Las reglas de la Lógica, con su Principio de No Contradicción, rigen sólo al entendimiento. La razón, por su parte, supera estas reglas. Ellas es el Principio de la Vida Espiritual, última y radical unidad de la que emana lo múltiple. Dice Hirschberger que “se ha visto en esta concepción de la razón el auténtico comienzo de la moderna filosofía alemana; porque estaría aquí ya esbozada la Teoría del Espíritu como unidad sintética, factor creativo de todo nuestro conocer, teoría sobre la que se basa la crítica de la razón de Kant, y a la que apuntó ya Leibnitz, y que desenvolvió Fichte hasta convertirla en la Teoría del Yo Puro, y con la que trataron Schelling y Schleirmacher de sintetizar el yo individual y la infinitud del Universo y de Dios.”

En el primer libro de “La docta ignorancia”, Dios es presentado como el máximo, la plenitud a la que nada falta, los contrarios se concilian en el infinito. En él no rige el Principio de No Contradicción. Él es lo máximo y lo mínimo. En él coinciden los opuestos al modo como en Geometría un círculo de radio infinito puede pensarse como una recta. El mundo es la “explicatio” o el despliegue de Dios. El Universo separa lo que en Dios se halla unido y por ello no es infinito, pero sí es ilimitado, sin centro ni límite externo y en continuo movimiento. La Tierra, que se encuentra en el Universo, también se mueve. Cada cosa refleja al todo, al Universo y a Dios (preanuncio de las mónadas de Leibnitz). Su cosmología es un anticipo de los avances del Renacimiento y la Ciencia moderna. Se lo considera precursor de Copérnico y también, por el método matemático de contar y medir que introduce en las Ciencias Naturales, de Kepler.

Cusa es el primer renacentista, no solo por rescatar el griego antiguo y varios textos, sino por trasladar las concepciones socráticas y platónicas, y por via indirecta las nociones pitagóricas de la importancia de la matemática, al terreno de la filosofía, provee de una base teológica para la ciencia. En su cosmología, la cual gira toda alrededor de Dios, el Hombre posee un status casi tan importante como el de Cristo, y aquello derivará en algunas concepciones posteriores en el renacimiento italiano, dado que si Dios es el implicado, el máximo y coincidencia de opuestos, el cosmos es su explicación, es labor forzosa, en la búsqueda de las verdades divinas, el estudio científico de la naturaleza, Cristo conjugará la contradicción entre lo contraído y lo máximo, y de manera paralela el Hombre es un microcosmos de creatividad, libertad y espontaneidad, un sujeto único e independiente. Y así como en el macrocosmos lo múltiple encuentra su unidad en la idea unitaria del todo, sobre el microcosmos que cada uno de nosotros es se eleva la idea de su "mejor yo", para que la vida no se disperse y se vacíe en el espacio y el tiempo, cayendo en el absurdo. La visión optimista del Hombre llegará a su culmen en el neoplatonismo renacentista, donde el Hombre no solo será microcosmos del macrocosmos, sino llegará a ser centro del Universo, corona de la creación y, en algunos pensadores, algo similar a un Dios.

Giordano Bruno

Parte de un trabajo para antropología desde el Renacimiento (Nicolas de Cusa), hasta Kant, en total son catorce apartados en 15 páginas. Sería demasiado pegarlo completo.

Giordano Bruno (1548-1600)
Giordano Bruno es sin lugar a dudas uno de los pensadores más importantes del renacimiento italiano y una de las figuras más destacadas de la historia del pensamiento de estas épocas, Bruno discrepa de los cabalistas cristianos como Ficino y Mirandolla, no por su visión antropológica, con la cual está completamente de acuerdo, pero sí en cuanto a la posición del cristianismo. Giordano Bruno creía firmemente, no que el cristianismo era la continuación de esta tradición recién descubierta que era el hermetismo, sino que era su contraparte y enemigo, llegó a insistir que el cristianismo no era la verdadera fe, sino un obstáculo para el verdadero credo, que era el hermetismo. Su pasión por la magia, o “filosofía de la naturaleza” que, luego de Newton (aunque gracias a él) se convertiría en la ciencia moderna más formalmente, y su insistencia por un panteísmo le llevaron finalmente a la hoguera.

La obra bruniana se encuentra teñida de un ligero averroísmo consistente en la defensa de la superioridad de la vida teórica frente a la vida práctica y la reivindicación del carácter profesional del filósofo. A juicio de Bruno existe una separación entre filosofía y religión y es equivocada la concepción tomista de la filosofía como ancilla fidei, es decir, como esclava de la religión. Bruno defenderá, como harán a su modo todos los copernicanos, que la religión debe ser entendida como una ley destinada al gobierno de las masas incapaces de regirse por la razón y es por ello que los buenos teólogos no deben entrometerse en la vida de los filósofos, del mismo modo que los filósofos respetarán el trabajo de los teólogos en su tarea de gobierno de las masas populares. La función de la religión es, pues, meramente civil.

Para Bruno el Universo es un animal, un ser vivo y expresión de la infinita potencia de Dios, todo esta vivo y todo posee alma, incluso el mundo mineral, y llega a un monismo clásico en el hermetismo “el Todo está en el todo”, es decir, cada alma es mónada de todo el Universo. Dios está presente en todas las cosas, con su infinito poder, sabiduría y amor, porque es todas las cosas, el máximo y el mínimo o, como dice Bruno, la mónada de las mónadas.

La misión del hombre es el entusiasmo ante la contemplación de esta infinitud, la adoración del infinito, que es Dios, en la cual puede hallarse la unidad de las creencias religiosas más allá de todo de todo dogma positivo. Tal es el “entusiasmo heroico” que Bruno defendía. De ahí su aspiración a una filosofía dinámica construida con los materiales clásicos, incluidos los aristotélicos. Esto se revelaba particularmente en la doctrina de la materia, sometida en el pensamiento de Giordano Bruno a una disolución que la lleva al ser pleno, del mismo modo que el ser pleno es dialécticamente transformado en materia y en nada. De ahí la afirmación de que “en nada se diferencias la absoluta potencia y el acto absoluto”; y de ahí también la tesis de que “en definitiva, bien que haya individuos innumerables, todo es uno, y conocer esta unidad es el objeto y término de toda filosofía y contemplación natural” (Del principio, de la causa y del uno).

Otros textos subrayan más aún la “continuidad” entre el alma cósmica y sus participaciones singulares, pero describen a éstas como espejos “rotos”, donde ocurre que, por ser éstos demasiado pequeños o “en alguna manera deficientes”, no dejan discernir “casi nada” de la “Forma universal”. En Bruno se avista ya el rosacrucianismo en la cuestión del Hombre, el alma del Hombre que es la más conciente de todas las almas, es capaz de albergar dentro de si a todo el infinito, y ser de ese modo Dios, es ésta la dimensión mágica de la mnemotecnia, descubrir las potencias ocultas de la mente para reflejar el universo dentro de la propia memoria. Los rosacruces, en especial los tardíos adoptarán esta visión junto con un cristianismo entendido solo como metafórico para llegar a decir que el Hombre es Cristo en potencia, y que el símbolo Jesús es en realidad el Hombre mismo, de ahí la nula división entre Hombre y Dios en un sentido pleno.

Frances Yates dice, sobre Bruno y su influencia:
la insistencia en el aspecto hermético y mágico del pensamiento de Bruno no desacredita su significativa contribución a la historia del pensamiento. Ejemplifica el impulso religioso hermético como fuerza motivadora detrás de la formulación imaginativa de nuevas cosmologías… En la fase hermética del pensamiento europeo, que fue el preludio inmediato a la revolución del siglo XVII, [en Inglaterra] Bruno es una figura destacada.

Y concluye:
Efectivamente, después de seguir la vida, obra y pensamiento de Giordano Bruno de modo extenso y luego de haber tratado a lo largo de otros estudios una serie de temas del Renacimiento Italiano a través de un recorrido que desemboca finalmente en la Inglaterra Isabelina y se prolonga históricamente en el movimiento Rosacruz, el Iluminismo filosófico-científico y la Masonería actual, caen nuestras concepciones acerca de las ideas generalizadas que se tienen sobre ese período y su manifestación que, aún produciéndose de manera más o menos oculta no deja de signar y ser el origen en definitiva de toda la Historia del Occidente moderno, ya que de hecho constituye hoy el bagaje de ideas de cuya herencia subsistimos.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Algunas notas sobre el Anima Mundi



El término “anima”, de donde proviene la concepción vulgar de “alma”, se refería al movimiento, más en particular, aquello que provoca el movimiento interior de una cosa. Dicho en castellano común, el ánima es “lo que anima a la cosa”. En Occidente, desde antes de Aristóteles, se creía que la vida era aquello que anima al movimiento de las partes, la expresión aristotélica de “entes que poseen el principio del movimiento en si mismos” es muestra perfecta de esta idea.

El estudio metafísico de la vida parte de la existencia de un principio agente del movimiento o cambio. La diferencia entre los entes se marca según este principio, si posee el principio en sí mismo, el ente es un ser vivo, o si el principio es exterior a la cosa, como una piedra que únicamente se mueve si es movida por alguien más. La metafísica occidental derivó del anima al alma, para indicar la misma idea, haciendo separaciones entre alma vegetal, animal y humana, dependiendo de cuántos tipos de movimientos efectúe. De este modo, lo que surgió como un concepto que explicara racionalmente el devenir, generación y corrupción de los fenómenos, derivó en una entidad metafísica que, en el caso de los humanos, principia el movimiento de la razón, las emociones, los instintos, la memoria y hasta la moral.

Historia diferente ocurrió en Oriente. El estudio metafísico de la vida dio nacimiento a un concepto semejante a “anima”, el cual fue heredado por los griegos. El enfoque, sin embargo, es completamente distinto, y fue redescubierto en occidente hasta mediados del siglo XIX o principios del XX. En Oriente, con filosofías como la hindú, la taoísta, la budista y el zen, buscaba explicar el devenir, en términos más pragmáticos. Como toda filosofía, nació en búsqueda de la felicidad, buscando evitar el sufrimiento, el cual se provoca, concluyeron rápidamente, en virtud del devenir. Deseamos algo pero ese algo cambia, tanto como cambiamos nosotros mismos. Otra manera de decir que los sueños nunca se cumplen, pues al cumplirse escapan de aquella idealidad para ser parte de la vida común.

No debemos creer que en Oriente se odie el devenir. A diferencia de Occidente, con metafísicas como la platónica, la cristiana y la islámica, los filósofos del “otro mundo” no negaron el devenir, ni instituyeron una idea capital que trascendiese el devenir y negase su carácter de sustancial. La diferencia de enfoque se presentó cuando los filósofos concluyeron que para evitar el sufrimiento es necesario evitar el deseo. Idea demasiado profunda para explicar aquí.

Si bien es cierto que en India se creyó en un alma individual, ésta se asemeja más al concepto griego de “ethos” (carácter) que al alma cristiana. Una gran ambigüedad surgió en su filosofía, por un lado se afirma que el alma individual es indivisa aunque dependiente del alma cósmica, de Brahman, por el otro lado es parte de Brahman. La contradicción fue superada con el Buda que expresó la inexistencia del alma individual, metafóricamente hablando existe únicamente el río, lo que concebimos como alma es una burbuja en el caudal.

Mientras que en Occidente el anima derivó a un ente metafísico individual para cada persona, en Oriente se prefirió que el anima fuese una única para todos. El Anima Mundi de Platón, que renació en el Renacimiento, es un espíritu universal, un alma cósmica. La metáfora más recurrente es aquella en la cual un sujeto observa el reflejo de la luna sobre una laguna, mientras menos movimiento exista en la laguna, más fidedigna será la reflexión. De modo análogo, mientras más serena sea el alma del Hombre, mayor será la presencia de Brahman.

La ausencia de un alma individual no entorpeció la evolución espiritual de Oriente, por el contrario, es una de las razones por la que es tan fructífera y exitosa. El taoísmo, como el budismo zen y muchas otras ramas de la filosofía oriental, conciben al carácter de una persona, su patrón de comportamiento, o lo que llamaríamos tradicionalmente su “moral cotidiana”, sus deseos y ambiciones, sus valores, etc., como una arbitrariedad surgida del entorno social, el cual a su vez es arbitrario. Este es el significado existencial de la máxima “el mundo es maya” o “el mundo es ilusión”. Aquello que separa al sujeto de la felicidad, es el sujeto mismo, o mejor dicho, las arbitrariedades que desearíamos fuesen verdad, como las llama la literatura oriental, el “ego”.

El concepto de Anima Mundi, el alma cósmica, fue entendido, durante el renacimiento, como si el universo fuese un ser viviente, y los Hombres fuésemos sus órganos o apéndices. El error nos es ahora evidente, no existe una diferencia sustancial entre lo que anima al Hombre y lo que anima a los demás objetos. La visión Occidental se vio siempre en el dilema entre dos tipos de anima, divina y natural, la formación de una tercera, el anima mundi, fue con razón denigrada, la persecución de Giordano Bruno fue conceptualmente justificable.